La vida de los selfies

Ante la expansión de los celulares con cámara y conectividad a Internet se impuso la moda del selfie. Desde el Papa Francisco, Barack Obama, líderes políticos, celebridades, gente sin fama y hasta astronautas en misión espacial, cada vez más personas registramos nuestro aquí y ahora para luego compartir la imagen en redes sociales. Ya en 2013, eran publicadas cerca de un millón de selfies al día.

El dato, presentado por Techinfographics.com, pertenece al estudio donde se informa que un millennial promedio toma hasta 25 700 fotos de sí mismo en su vida. Esta pasión por fotografiarse requeriría evaluaciones desde la antropología, psicología, sociología, el arte y la comunicación por la complejidad del fenómeno. 

No obstante, la práctica no resulta del todo novedosa. En 1839, Robert Cornelius capturó el primer autorretrato de la historia de las cámaras. La foto demoró quince minutos en hacerse, por lo que este negociante pudo alistar el aparato y posar. 

Los archivos del siglo XX muestran a los adolescentes a la vanguardia, pues se conserva la foto al espejo que la duquesa Anastasia Nikolaevna de Rusia hiciera en 1914, con solo 13 años, para enviarla por carta a su padre. 

De 1920 data otro de los principales antecedentes de los selfies. Dicho momento, capturado desde dos ángulos diferentes, se considera el primer autorretrato grupal y fue protagonizado por el empresario de la fotografía Joseph Byron. 

Si hablamos de personalidades influyentes, Frank Sinatra en 1939 fue pionero en este movimiento con una elegante foto al espejo. Técnica repetida también por Los Beatles; aunque en la banda destacó George Harrison, cuando en 1966 documentó por completo un viaje a la India mediante autorretratos. 

Por último, hay que mencionar a la fotógrafa estadounidense Cindy Sherman, quien con su serie «Fotogramas sin título» –basada en el cine negro de los años 40’ y 50’– popularizó un estilo aún habitual en las autofotos. Su mirada fuera del cuadro sugiere una acción que ocurre más allá de lo que ve el espectador. Ofrece la imagen de quien mira y no de lo que se mira: el contraplano. 

Nueva palabra para las imágenes del “yo” 

Ahora bien, el arte de plasmar la propia figura, como en el autorretrato pictórico, no produce selfies en sí. La primera noticia de esta palabra aparece ya en el siglo XXI. En 2002, durante un foro australiano en Internet, el usuario Nathan Hope envió una foto de su labio y como disculpa por el enfoque dijo que “era un selfie”.

Frente a la necesidad de autofotografiarse se lanzó al mercado en 2003 el móvil Sony Ericsson Z 1010, que integró por primera vez una cámara frontal. Ese año Paris Hilton reconoció uno de los mayores valores del hito, al apuntar que las selfies eran los nuevos autógrafos. Quedaba así acuñada una de las tipologías de selfies, esas que certifican la presencia del autor en un momento y lugar especial. 

En lo sucesivo se mejoraron considerablemente las cámaras frontales. Además, junto al iPhone 4S que marcó un punto de giro, comenzaron a aparecer aplicaciones como Instagram o Snapchat. En 2011, de hecho, Jennifer Lee fue la primera persona en emplear la palabra selfie como hashtag. Mucho tiempo después existen más de 400 millones de imágenes con esa etiqueta en Instagram. 

Sin embargo, no fue hasta 2013 que el Diccionario de Oxford incluyó «selfie» para identificar a todo autorretrato tomado con un celular o webcam a fin de compartirlo en las redes. Se hace énfasis en ello pues incluye un obligado proceso ulterior que implica subir la imagen y asumir las reacciones que produzca entre la comunidad. 

Por su lado, la Real Academia de la Lengua española esperó hasta 2018 para incluir la acepción. Aún así, la cultura del selfie se consolidó, pues las cámaras frontales permitieron a muchas más personas hacerse fotos. A la par, Internet democratizó la posibilidad de obtener reconocimiento por lo que publicamos. 

Narración de la cotidianidad 

Las fotografías –antes de consumo doméstico para recordar bodas, bautizos, vacaciones– ahora son pensadas, posadas y capturadas con la intención de compartirlas en los espacios sociales 2.0. De esta forma, al decir del estudioso venezolano Antonio Fernández Paradas, más allá del mero hecho de hacerse fotos por narcisismo, cambian los modos de relacionarnos y vivir la privacidad. 

Como agrega Fernández Paradas en un artículo científico sobre la creación de la identidad social y la mercantilización del selfie, el nuevo paradigma de autorretratos ha supuesto, asimismo, una transformación en nuestra propia concepción individual de cómo queremos mostrarnos al mundo y qué queremos narrar de nuestra vida. 

El fenómeno pasa, entonces, por una ilusión de construcción de la propia identidad en forma de narración visual, que podemos recortar y editar. Por eso cada vez más existen apps para aplicar filtros y se conoció hacia 2015 que los jóvenes de entre 16 y 25 años pueden dedicar hasta cinco horas a la semana a prepararse, fotografiar y editar selfies, según la encuesta de la empresa FeelUnique. 

Para la psicóloga Belén Igarzábal, directora del área de comunicación y cultura de FLACSO, un selfie es un recorte de la identidad, como lo que se escribe o muestra. Lo importante es evidenciar un estado de ánimo, el registro de haber permanecido en un lugar o con cierta persona. Ahora extendido a lo virtual. 

La foto comienza a ser parte de la experiencia. No es como antes, un recuerdo de la visita para mostrar después. Hoy, el selfie de una situación forma parte y modifica la situación misma. Hasta puede completarla con lo ausente, tal vez con alguien que no está físicamente, pero comenta. “La acción termina con la mirada del otro y la retroalimentación para el “yo” en redes sociales», explica Igarzabal. 

De hecho, esa resulta la diferencia entre los antiguos autorretratos –cuyo proceso termina con la elaboración del mismo– y el selfie, que implica chequear la naturaleza de las interacciones, “me gusta” o comentarios. Una tarea que, ante baja autoestima por ejemplo, condiciona actitudes adictivas hacia la producción de selfies en la búsqueda de aceptación grupal y la autoconfirmación de la identidad. 

El fenómeno también puede abordarse desde lo macro y, para no pocos, se aplican las mismas observaciones sobre la conformación de una narrativa visual a raíz del desarrollo tecnológico. Pero el crítico de cine español Vicente Monroy, máster en Comunicación arquitectónica, llama la atención sobre a dónde dirige la mirada esta sociedad a partir de la propia historia visual que construye.

Desde su perspectiva, en el origen del cine y la fotografía predominaba la mirada del fotógrafo al paisaje (el plano), hoy casi dos siglos después predomina el selfie, la mirada del autor así mismo (el contraplano). La imagen ha dado un giro de 180°. 

Incluso, un ejemplo exótico que refleja esta percepción de que nos estamos mirando a nosotros mismos más que a nada, es la cantidad de tecnología puesta en función de que el Curiosity Rover –nave llegada a Marte en 2012– pudiese autofotografiarse.

Los asombrosos selfies del Curiosity también sirven para inspeccionar el equipo. Pero, igual, expresan una constante en viajes al espacio. Fotografiar la ciencia humana y la Tierra desde el espacio. 

La producción en masa de selfies, tal como la Tierra vista desde el espacio, ha cambiado una idea fundamental de la sociedad como es la concepción de nosotros mismos. Ahora es bastante complicado hablar de un sujeto y su imagen como elementos aislados, desarticular lo real de lo virtual en una persona. 

Por demás, aunque parezca narcisista, el autorretrato compartido de forma inmediata en Internet no ha sido una moda pasajera; pues los selfies tocan fibras de nuestra propia época, pero también de nuestro ser social. 

Tomado de Cubadebate

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