Más allá de la burbuja narcisista…

El joven Narciso, a quien se le prohibió ver su rostro reflejado en un espejo o en cualquier otro objeto, es mucho más que una leyenda. El mito de este muchacho que se enamoró de sí mismo y quedo convertido en flor, es empleado en el psicoanálisis, como metáfora para expresar un comportamiento intrínseco de los seres humanos.


Quererse uno mismo no es malo. El problema comienza cuando la persona se centra demasiado en su yo, en sus placeres y termina por desestimar el mundo exterior. Es precisamente en este momento cuando el amor propio (que en el mito de Narciso se limita solo al plano de la belleza física) se exacerba demasiado; llega entonces a alcanzar niveles enfermizos y ocasiona sufrimiento e incapacidad en el sujeto.

El narcisismo suele hacer estragos en algunos adolescentes; específicamente en quienes pasaron por una infancia, en la que no se le puso límite adecuado a sus deseos, caprichos y satisfacciones. Es entonces que acaban llegando a esa época crucial de la vida, sin hábitos ni «adquisiciones» internas, que les permitan proyectarse positivamente en la sociedad.

La creación de una imagen perfecta, se debe, según los analistas, a la presencia de heridas ocasionadas a lo largo de la vida; que el individuo deberá sanar para recuperar su capacidad de dar y recibir amor. Los narcisistas casi siempre terminan hiriendo los sentimientos de los otros, a quienes, además, laceran la autoestima, lo suficientemente como para hacerles perder ese poquito de amor propio que cada individuo debe defender.

En la versión romana de la leyenda encontramos a Eco, una joven enamorada de Narciso. A pesar de que no se materializó la unión, ella se sintió despreciada y se echó a morir. Mientras, él se reía del amor que ella le profesaba.

Sin embargo, el desenlace no fue solo responsabilidad de Narciso; la falta, por parte de la ninfa, del poquito de narcisismo necesario para sobrevivir en armonía con el medio y ser respetada, favoreció que así fuera. Y eso suele suceder con frecuencia. Algunas personas se someten tanto a otros que, cuando el lazo se rompe, terminan extremadamente dañados y se aman mucho menos que antes.

La génesis del problema está en la infancia. Ese primer contacto materno-filial, estructura y cimienta, la base de la personalidad del individuo, pero también influye la época y las características de la familia moderna.

Muchos progenitores están dispuestos a complacer a sus hijos con cualquier capricho. En ocasiones, los padres sustituyen el afecto y el tiempo de calidad con sus hijos, por objetos y regalos. Esa manera de proceder propicia el desarrollo de un carácter narcisista, porque no deja espacio para el deseo; que acaba entonces, siendo aplastado por objetos.

Si bien el narcisismo puede ser extirpado de la psiquis mediante terapia, la mayoría de quienes lo padecen, cargan con este estado durante toda la vida y no buscan ayuda especializada, porque para ellos no constituye un problema. Solo descubren que les afecta cuando se descomponen, por alguna razón, y al acudir al médico les detectan heridas narcisistas.

Justo en ese instante es posible penetrar, de alguna manera, la imagen completa que tiene el narcisista de sí; demostrarle que no se trata de dejar de amarse, sino de comprender que uno no es todo. Hacerle sentir que (a pesar de que es muy bueno tener un yo valioso), para ser felices no podemos limitarnos a querernos solo a nosotros mismos.

Necesitamos amar y respetar al otro. Buscar más allá; porque siempre faltará algo que nos reconforte y fortalezca como seres humanos. Y ese algo, puede estar más allá de una burbuja narcisista.

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