¿Qué significa intervenir humanitariamente?

Han sido tantos los recursos y los métodos ensayados contra la Revolución Cubana (equivalentes a los fracasos), que quienes dirigen la agenda ideológica contra nuestra nación han optado, en los años más recientes, por tensar el resorte de eso que denominan intervención humanitaria.

Aunque tal figura no posee real fundamento jurídico, el engendro, de aplicación extraterritorial y violatorio de la soberanía e integridad nacionales, «vende» su práctica bajo el manto de «apoyar» durante «situaciones en conflicto», en virtud de una supuesta y por ningún pueblo conferida «responsabilidad de proteger».

En Cuba no existe ese tipo de escenario; no tenemos conflictos bélicos, y la población recibe un sistema de protección integral prácticamente único en el mundo, a pesar, incluso, de las carencias actuales propiciadas por el bloqueo genocida del país que, cínicamente, nos acusa de las dificultades económicas por ellos causadas. Sin embargo, fabrican esas matrices basados en el dominio tecnológico y la manipulación sobre la opinión pública mundial, y en el ejercicio de la influencia y el chantaje político en organismos de concilio internacional, si es que acaso no deciden pasarlos por alto.

En teoría, el sistema internacional consolidado tras la Segunda Guerra Mundial fue construido para mantener la paz entre Estados; de forma que cuanto ocurra a nivel interno en cada uno de ellos no debería ser de incumbencia para el resto. No obstante, la tendencia a reemplazar el derecho internacional con reglas ajustadas al interés de EE. UU. y de sus aliados es hoy cada vez más fuerte, aun cuando le hagan frente potencias como Rusia y China.

¿Cuáles son los instrumentos y resultados de una «intervención humanitaria»?

La realiza un ejército multinacional, por regla comandado por EE. UU., mediante el uso de fuerza de guerra (aérea y naval, en su primera etapa), con bombardeos indiscriminados sobre el país en cuestión.

Según el manual de propaganda de cabecera, «no afectaría a la población civil», aunque esta es una colosal mentira evidente en las «intervenciones humanitarias» que perpetraron, hasta el momento: Somalia, 1992; Yugoslavia, 1999 (los primeros bombardeos efectuados en Europa después de la Segunda Guerra Mundial, dirigidos por el Gobierno de Bill Clinton); Iraq, 2003; Haití, 2004, y Libia, 2011.

En dichos escenarios sucumbieron bajo los misiles, de forma instantánea o posterior, centenares de miles de personas. Una invasión armada, del tipo que fuere, e incluidas, por supuesto, las de este género, no tiene en cuenta (imposible hacerlo) si la zona atacada la habitan afectos o desafectos al gobierno. Puede morir cualquiera, desde el más comprometido hasta el más opositor. Las bombas no distinguen simpatías políticas, solo se limitan a matar.

Dicha invasión, habida cuenta del estado de caos en que sumiría a toda la población, contribuiría a un aumento exponencial de las enfermedades. En el actual escenario de pandemia, fallecerían sin auxilio médico centenares de miles de personas, cuando no millones. De igual modo, plantaría el caldo de cultivo epidemiológico para la aparición de otras enfermedades, algunas hasta ya erradicadas.

Durante la etapa de ataque e intervención, con independencia de la resistencia armada que se libraría en el país invadido y el consiguiente alargamiento temporal de la beligerancia, existiría hambruna generalizada, falta de agua potable, carencia eléctrica permanente, ausencia de todo tipo de medicamentos, ninguna clase de servicios, y los enfermos morirían en hospitales o bajo las ruinas.

Las «intervenciones humanitarias» ocurridas desde el siglo pasado, en la práctica solo han dejado ciudades arrasadas, saqueos sistemáticos, violaciones, asesinatos, ejecuciones extrajudiciales, despojos de los recursos naturales, sujeción política total a la potencia extranjera agresora, hambrunas, fragmentación social, caos y aumento exorbitante de flagelos como el tráfico de órganos, la trata de personas, el crimen organizado, la creación de bandas, el mercado de armas, el narcotráfico…

La última «intervención humanitaria» realizada, la de Libia, hace una década, además de sumir a ese otrora próspero país norteafricano en la desolación y en la penuria socioeconómica, provocó más de 120 000 muertos, una cifra cercana a los 200 000 heridos, y casi medio millón de refugiados, hasta hoy. El país, además, resultó blanco de pruebas de nuevas armas de EE. UU. y la OTAN.

La familia libia, tanto la que quería o adversaba al presidente Muamar el Gadafi, ahora vive presa del luto por los integrantes perdidos o mutilados, sin esperanza alguna de redención en el futuro. Ese país es hoy un amasijo de facciones armadas y de grupos apoyados por naciones occidentales que pugnan por el poder, sin orden, en tensa inestabilidad política, con un escenario epidemiológico infame y sus riquezas bajo dominación de las transnacionales de Occidente.

Ninguna «intervención humanitaria» ha resuelto cuanto supuestamente iba a solucionar. Solo ha agravado a límites brutales el desconsuelo, la miseria y el dolor de sus pobladores.

Los datos son de información pública. No los conformó Cuba o Rusia. Están elaborados, incluso, en varios casos, por agencias occidentales. Se encuentran disponibles en internet, fáciles de acceder.

Por supuesto, no va a hallarlos en Facebook, ni en otras redes sociales que apenas son una parte de esa red mundial de armas modernísimas que conquistan las mentes de los usuarios, las vacían de juicio propio, les imponen sus matrices y lanzan al ataque a esas personas contra aquello que deseen subvertir.

Tales armas atacan en silencio, y cuando invocan intervención, en nombre de lo humano, no hacen más que preceder a un silbido de misiles.

(Tomado de Granma)

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