La hegemonía cultural en las campañas desestabilizadoras (II)

¿Quiénes son los héroes? ¿Los milicianos que defendieron la Revolución en Playa Girón, Cuba, o los mercenarios que llegaron en embarcaciones estadounidenses para derrocarla? ¿Los que desatan la violencia opositora en Caracas, enaltecidos como libertarios por la prensa trasnacional, o los que la enfrentan en nombre de la Revolución bolivariana?

El panteón de los héroes no es ecuménico: se construye en función del proyecto de nación triunfante. Cuando no es posible sepultar la existencia de un héroe incómodo, el mercado intenta banalizarlo, su imagen real o deformada se multiplica en objetos de consumo y se iguala a otras figuras no revolucionarias, y los ideólogos inician el lento trabajo de reescribir sus historias, como asesinos o como ilusos. A veces mellan el filo de su legado: el nombre de Nelson Mandela estaba en la lista de los terroristas internacionales del Departamento de Estado de los Estados Unidos, cuando abandonó la cárcel; hoy se manipula su imagen como la de un anciano tolerante que perdonó a sus victimarios.

Así sucede en las historias que se cuentan en determinadas series populares, se presentan manipulaciones de la historia a conveniencia de los patrocinadores. Muestran a personajes políticos como estafadores, delincuentes, traficantes, doble cara, etc. Esta manipulación de los hechos va creando un imaginario popular en las generaciones más nuevas. Es real, la desideologización de la historia es una operación de blanqueo del pasado.


Toda desideologización es una reideologización. Para construir una sociedad diferente basada en la cultura del ser y no en la del tener, es imprescindible la adopción de una ideología consciente. Lo que llamamos desideologización es la renuncia o la pérdida de esa conciencia. En realidad, la ideología del consumismo no necesita ser concientizada: el individuo la adquiere por defecto.

Los superhéroes sustituyen a los héroes de carne y huesos. Los superhéroes se encargan de poblar los sueños infantiles sin consecuencias: no son imitables y no son revolucionarios. Al sistema capitalista le molestan las frases “seremos como el Che”, “yo soy Fidel” o “todos somos Chávez” y las filiaciones históricas que enfatizan una continuidad: martianos, sandinistas, tupamaros, bolivarianos. Su misión es defender el sistema, el orden, el statu quo, nacional y mundial. Los superhéroes son personificaciones de la supernación que los engendra: salvan a las personas del mal sin solicitudes previas y a veces, en contra de la voluntad de los salvados, con inevitables daños colaterales (muertes y destrucciones “secundarias”).

La banalización de la cultura, la creación de espacios de diversión seudocultural que deforman el gusto y nos dispensan de cualquier intención crítica, es una acción desmovilizadora. Toda Revolución apela al saber, una de sus primeras acciones es la alfabetización: necesita que el pueblo sepa, estudie, desarrolle una conciencia crítica. La banalización, la seudocultura, el analfabetismo real o funcional, son armas de dominación.

 El mercado organiza y reproduce la ideología burguesa, construye paradigmas artísticos. Como ejemplo reciente, el imperialismo ha movido sus hilos para asegurar que premien y reconozcan internacionalmente a determinados artistas o periodistas, cuyo contenido manifiesto es desacreditar al gobierno cubano. Al dar una reputación a esas voces están mostrando, en parte, su hegemonía cultural.

Cada cierto tiempo, un grupo de escritores del sistema capitalista selecciona a  “promesas” literarias, que serán especialmente atendidas por el mercado del libro; ello ocurre en América Latina y en otros continentes. En este caso, lo que se construye es un star system de jóvenes escritores que marque pautas a seguir por los restantes. En el caso del Pentágono, no anda con medias tintas, y se reúne periódicamente con los empresarios de Hollywood para establecer sus demandas.

La estandarización cultural que promueve el imperialismo bajo las banderas de la globalización, es un acto de colonización. Los conquistadores españoles construyeron fastuosas catedrales sobre las ruinas de las ciudades sagradas incas, mayas y aztecas, para imponer una hegemonía cultural que resultaba imprescindible a la dominación. La diversidad cultural nos defiende. Sin sustituir o desechar jamás la lucha de clases, los revolucionarios deben incorporar las reivindicaciones de los diferentes sectores de la sociedad.

Mantenernos aislados es un arma de dominación: es importante que los pueblos latinoamericanos y los revolucionarios de América Latina y el Caribe trabajen unidos para mantener su identidad y cultura; no dejarse colonizar por la globalización. TeleSur es un arma contra la hegemonía cultural, por eso intentan desmantelarlo; es un canal que muestra la cultura de cada país y muestra, entre la diversidad, la unidad.

Es preciso divulgar el legado de los héroes de nuestros pueblos, convertirlos en héroes comunes. Nuestros jóvenes no conocen lo suficiente a sus héroes y es preciso que sientan como suyos (porque lo son), a José Martí, Simón Bolívar, Antonio José de Sucre, Benito Juárez, Augusto César Sandino, Salvador Allende, Ernesto Che Guevara, etc., con independencia del país al que pertenezcan, porque el conocer es cultura general. También a los héroes de las luchas de los pueblos originarios. Para combatir la hegemonía cultural y las campañas desestabilizadoras, es preciso que se unan los revolucionarios en esta dura batalla de ideas.

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