Cuando respeto y tolerancia van de la mano

El patriotismo es un deber santo, cuando se lucha por poner la patria en condición de que vivan en ella más felices los hombres.
José Martí.

Todo ser humano aspira a vivir en paz. Suele suponer que, el lugar donde vive, debe encaminarse a la construcción de una sociedad justa, donde se respeten los derechos de sus miembros, que hacen incluir los suyos. De igual forma, desea que el trabajo y el comportamiento de estos miembros, con él o ella incluidos, permitan el progreso de su localidad, región y/o país. Sin embargo, lo anterior no lleva implícito que todos piensen de la misma forma, aunque compartan muchos de sus sueños y aspiraciones.

Pensar diferente es parte de la esencia de la colectividad. La diversidad enriquece los entornos. Impone retos que hace de nuestra especie seres con mayores capacidades, fortalezas e inteligencia. Si bien es cierto que resulta, no pocas veces, incómodo encontrar a alguien que no comparta las mismas formas de pensar que uno, brinda ello la oportunidad de revaluar argumentos e incluso afianzarlos o abandonarlos de forma racional.

En cualquier medio que nos ubiquemos, biológico, natural, social e incluso político, la pluralidad supone complejidad. Y curioso resulta percatarse de que formamos parte de esa pluralidad y, por ende, de esa complejidad. Llamados a vivir en sociedad, somos los seres humanos, responsables de no convertir las diferencias en obstáculos para el desarrollo y el progreso de la sociedad en que vivimos; al contrario valorar las potencialidades que nos brindan nuestras diferencias, tanto como nuestras semejanzas, nos acerca más a la sociedad pacífica y próspera que soñamos.

Evaluar las diferencias como oportunidades para la construcción de consensos, es madurar como ciudadanos y potenciar la eficiencia de los órganos de gobierno. Disentir no supone problema, si se hace teniendo en cuenta el respeto y la tolerancia, situando en primer lugar la idea de que, como quiero que se comprenda, tenga en cuenta y se trate mi idea, así debo comprender, tener en cuenta y tratar la de los demás.

Disentir brinda la posibilidad de madurar razonamientos y posturas, y valorar la conveniencia de estos para la construcción de esa sociedad justa a la que se aspira, donde se respeten los derechos de todos incluidos los nuestros. Al fin y al cabo la finalidad de mi participación, o la de él/ella, está encaminada a la de todos: construir una sociedad mejor.

El Derecho es una herramienta viable para establecer las pautas de esa participación responsable, consciente y seria, pero lo es también nuestra eticidad y educación. De nada sirve la erudición elevada, la instrucción exquisita sino se tienen los más mínimas manifestaciones de civismo; sino practicamos el respeto y la cortesía hacia nuestros semejantes, aún y cuando lo hagamos desde el disentimiento.

El reconocimiento de los derechos y las garantías de su ejercicio pueden estar recogidos en la ley de la mejor manera posible y sin cuestionamiento técnico alguno; sin la cultura de su ejercicio poco ayuda al desarrollo de la sociedad. Respetar y tolerar deben ser fundamentos básicos para la aplicación y realización de las normas jurídicas y ello compromete a todos los implicados: Estado y ciudadanos.

Las leyes no son suficientes, si detrás de ellas no existe un actuar responsable y serio de todos los miembros de la sociedad. No basta con regular para imprimir orden y garantizar el ejercicio de los derechos, si a ello no lo acompaña, la voluntad consciente de que todos deben cumplir lo que, en nombre del bien común, se ha acordado establecer y dígase también en esa totalidad: Estado y ciudadanos.

La Constitución cubana recoge en su artículo 1 que:

Cuba es un Estado socialista de derecho y justicia social, democrático, independiente y soberano organizado con todos y para el bien de todos como república unitaria e indivisible, fundada en el trabajo, la dignidad, el humanismo y la ética de sus ciudadano para el disfrute de la libertad, la equidad, la igualdad, la solidaridad, el bienestar y la prosperidad individual y colectiva.

Supone ello, al declarar nuestro Estado de Derecho, como bien plasmó Fernández Bulté que:

…debe asegurar al pueblo, a las grandes mayorías, contra cualquier deformación autocrática; debe subordinar a todos, organizaciones sociales y políticas, Estado e individuos, a la voluntad exclusiva de la ley, debe ser a su vez el resultado de la voluntad popular más ampliamente consultada; debe asegurar el goce de los derechos humanos y de la participación decisiva de los ciudadanos en las tomas de decisiones políticas y económicas. Debe, por tanto, velar por la justicia social.

Por ende, aceptar los silencios y los falsos acuerdos implicaría atentar contra la declaración expresa de reconocernos un Estado de derecho, democrático y de justicia social, organizado con todos y para el bien de todos.

Sin embargo, aceptar la participación irrespetuosa y agresiva conllevaría, y no solo en nuestro país, a la desconstrucción de la sociedad y ganaría la irracionalidad. Postura tan peligrosa como permitir la no participación por evitar los disentimientos.

Ambas posiciones darían entrada a los oportunistas que apuestan por la supremacía de unos pocos y continúan cultivando, desde cualquier postura, porque muchas veces van solapados, la idea de la incapacidad de los pueblos para dirigirse y los cataclismos, sin sus oportunas o atinadas intervenciones, centrados en la discriminación, la arrogancia y una supuesta asertividad de su parte para dirigirlos.

En nombre del disfrute de la libertad, la equidad, la igualdad, la solidaridad y el bienestar de todos, en función de la prosperidad individual y colectiva de nuestra sociedad, hoy más que nunca, pues complejos son los escenarios naturales, biológicos, sociales y políticos- que acompañan a la especie humana, se debe garantizar la tolerancia, practicar el respeto y fomentar la participación.

Respetar lleva intrínseco la consideración hacia nuestros semejantes, un comportamiento comedido en nuestro actuar, que garantiza la cordialidad entre los ciudadanos, aun y cuando, se piense diferente. Tolerar significa promover la comunicación y el diálogo, contribuir al desarrollo de una sociedad armónica, donde sus contradicciones y conflictos sean capaces de solucionarse de forma pacífica y razonada por parte de todos sus miembros. Y participar en cualquier ámbito, implica contribución, colaboración, cooperación, y en sentido político además, indica responsabilidad y avala los consensos, permitiendo el progreso de la sociedad y el bienestar de la mayoría de sus miembros.

Aceptemos entonces el compromiso de continuar la construcción de una sociedad mejor, donde el respeto y la tolerancia vayan de la mano, aún más cuando de discrepancias se trate. Una sociedad donde nuestro ejercicio de mandato, garantice la eficiencia de nuestros órganos de gobierno, asumiendo como soberana, una participación ciudadana responsable y el continuo enaltecimiento de la dignidad humana, digno legado de nuestros próceres y mártires.

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